Las condiciones climáticas previstas para la presente primavera, marcadas por los efectos del Fenómeno del Niño, anuncian periodos de precipitaciones y temperaturas superiores a los promedios normales, lo que plantea importantes desafíos para el sector cerecero a nivel nacional. Según las proyecciones del especialista en fitotecnia de frutales del Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA) Quilamapu, uno de los mayores riesgos para la producción radica en el anegamiento de los huertos durante el invierno y comienzos de la temporada primaveral, situación que puede provocar asfixia en las raíces de los árboles y afectar directamente sus etapas posteriores de desarrollo.
El investigador detalló que, si bien la salida del receso de los cerezos depende de la señal de frío acumulado en las yemas, la brotación y la floración requieren de un soporte metabólico y hormonal proporcionado por el sistema radicular. Es precisamente en esta fase donde el exceso hídrico genera su mayor impacto. Al respecto, el experto advirtió que “en un suelo saturado el oxígeno se agota en cuestión de horas”. Bajo estas condiciones de anegamiento, las raíces pasan a un metabolismo fermentativo que acidifica sus tejidos y les provoca la muerte, disminuyendo drásticamente la capacidad del árbol para absorber agua y nutrientes, al mismo tiempo que se consumen las reservas de carbohidratos y se reduce la síntesis de hormonas fundamentales para el crecimiento inicial del fruto.
Todo sobre Huertos de cerezos
Las consecuencias directas de este fenómeno se reflejan en una brotación irregular que altera la sincronización de la floración y, por ende, perjudica el vital proceso de polinización. A esto se suma una menor disponibilidad de micronutrientes esenciales como el boro y el zinc, cuya absorción se ve gravemente comprometida por la baja oxigenación del terreno, junto con una pérdida acelerada del nitrógeno disponible. Además, la combinación de suelos saturados y altas temperaturas incrementa significativamente el riesgo de proliferación de patógenos en la tierra, como la enfermedad generada por el organismo Phytophthora spp., el cual produce severos daños radiculares.
Para mitigar estos impactos, desde INIA Quilamapu recomiendan a los agricultores identificar de manera anticipada los sectores más bajos y con mayor riesgo de inundación dentro de los huertos, con el fin de asegurar una rápida evacuación del agua mediante la construcción o el refuerzo de drenes superficiales, junto con la limpieza preventiva de canales, zanjas y alcantarillas antes de las lluvias. En cuanto al manejo del terreno y la nutrición, se aconseja realizar subsolados en zonas compactadas o arcillosas solo cuando el suelo esté seco, y aplicar de manera foliar boro y zinc antes de la prefloración para compensar el déficit de absorción de las raíces afectadas.
Finalmente, las precipitaciones cercanas al periodo de cosecha, que se extiende entre octubre y enero dependiendo de la zona, elevan la amenaza de partiduras en la fruta y la consecuente aparición de pudriciones. Sobre este punto, Balbontín aclaró que la susceptibilidad del fruto comienza a establecerse durante la división celular temprana ocurrida en las semanas posteriores al cuaje. El especialista precisó que “en ese periodo se define parte importante del grosor y la calidad de la cutícula, lo que determinará la resistencia del fruto a la entrada de agua”. Para enfrentar este complejo escenario climático, el investigador concluyó afirmando que “INIA ha desarrollado una línea sostenida de trabajo sobre los factores que permiten conservar y mejorar la calidad del fruto frente a condiciones de estrés climático, como las que se anuncian para esta temporada”, destacando la evaluación tecnológica de inductores hormonales, como los jasmonatos, y el uso de bioestimulantes para proteger las cerezas.