Chile según Excel: las cifras están bien, el problema es usted
04 OCT 2026 - 07:30El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de VLN Radio.
Abogado
Mientras desde Santiago se descongelaba el subsidio a el precio del kerosene porque, a estas alturas del año, prácticamente nadie lo consume, en Curicó no sólo llovía; hasta truenos nos regaló la naturaleza. Hay que reconocerle sentido del humor al clima. Octubre, primavera, frío, lluvia y estufas encendidas, todo al mismo tiempo; pero tranquilos, la estadística dice que ya no tenemos frío.
Bienvenidos a Chile según Excel, ese maravilloso país donde los números cuadran, las estaciones llegan cuando corresponde y, si la realidad insiste en decir algo distinto, probablemente la realidad esté equivocada. O usted. Curicó, mientras tanto, tuvo la insolencia de responder con truenos.
Y quizás eso explique bastante más que cualquier informe, porque demasiadas veces, en materia de políticas públicas, Santiago sí es Chile; desde allí se calcula, se proyecta y se decide, mientras las regiones tienen la desagradable costumbre de existir.
Basta salir a la calle, lugar donde vemos nuestra propia realidad local, comenzar el tradicional deporte curicano de esquivar hoyos, avanzar junto a ciclovías inconclusas y encontrarse con una Circunvalación que lleva suficiente tiempo sin terminar como para que quizás debamos dejar de llamarla proyecto y comenzar a considerarla tradición: una mezcla de vías nuevas y parches donde ya cuesta comprender dónde termina la obra y dónde comienza el parche. Después puede llegar al centro, mirar un comercio debilitado y descubrir que, donde ayer había una tienda, mañana probablemente tendremos otra tienda china. Pero tranquilos, en alguna planilla Excel estamos de maravillas.
Llenar el estanque comienza a parecer una decisión de inversión, aunque en Chile se ha producido un pequeño milagro: los camioneros descubrieron la paciencia. Aquellos tiempos en que el precio del combustible encendía motores, bocinas y amenazas de paralización parecen lejanos. ¿Paciencia?, ¿madurez gremial?, ¿la convicción tardía de que bloquear carreteras nunca fue el camino?, ¿o simplemente cambió el sector político que gobierna? No tengo la respuesta; el combustible sube para todos, la indignación, aparentemente, todavía se vende por sector político.
Sería demasiado cómodo convertir esto en una crítica exclusivamente al Gobierno de turno. Cambian gobiernos, alcaldes, ministros, parlamentarios y eslóganes; el Excel permanece. Si la idea es nuestra, será política de Estado; si es de ellos, populismo irresponsable. Cuando cambie el Gobierno, basta invertir las definiciones. La democracia también requiere flexibilidad.
Durante la campaña presidencial se advirtió que un recorte importante del gasto público difícilmente podía hacerse sin afectar derechos sociales. La respuesta fue que aquello no ocurriría. Pasó la campaña, llegó el Gobierno y también llegó el Excel y al parecer dicha advertencia se está haciendo realidad, aunque en la Planilla se dice que se aumenta el presupuesto.
Computadores para estudiantes, horas docentes, gratuidad; cada ajuste tendrá su explicación técnica. El temor era bastante más simple: que al buscar dónde cortar, las tijeras terminaran llegando a la gente.
Hablamos de inteligencia artificial, alfabetización digital y disminución de brechas mientras la propuesta presupuestaria deja sin financiamiento el programa de computadores para estudiantes, cuya continuidad todavía deberá discutirse. No se termina la transformación digital; el computador ahora será imaginario.
También hablamos desde hace años de prestigiar la pedagogía, recuperar vocaciones y atraer jóvenes a las aulas mientras reducimos horas docentes: joven, estudie pedagogía, Chile necesita profesores; profesor, quizás Chile necesite menos horas docentes. Y si el futuro laboral genera inquietud, siempre podremos recordar aquella explicación sobre las habilidades de los profesores para desenvolverse en ventas o servicio al cliente. Estudie pedagogía, Chile lo necesita, y conserve actualizado el currículum para ventas. No es desempleo; es reconversión laboral anticipada.
Pero quizás lo más interesante aparece cuando la planilla detecta que algo no cuadra. Entonces aparece la sospecha. Ahora se revisará con mayor rigor la gratuidad universitaria y el ministro de Hacienda ha hablado de combatir la denominada “viveza del chileno”. Que se persiga el fraude, por supuesto; pero quizás podríamos concederle al ciudadano el pequeño lujo de la buena fe..
Sobre todo, porque quien hoy nos advierte sobre la “viveza del chileno” conoce perfectamente la importancia de no confundir una sospecha con una responsabilidad acreditada: su trayectoria profesional estuvo vinculada, mediante asesorías e informes económicos, a empresas involucradas en conocidos casos de colusión, sin que aquello significara una condena en su contra. Y así debe ser; si la responsabilidad no está acreditada, no corresponde inventarla. Sería saludable aplicar la misma delicadeza hacia abajo.
Porque pareciera existir una curiosa distribución de las presunciones: la mala fe suele vivir abajo; la presunción de inocencia, en cambio, tiene mejores vistas. Cuando una política no cuadra, revisamos al beneficiario; cuando una cifra resulta extraña, sospechamos de la persona. La planilla, curiosamente, casi nunca necesita abogado.
Puede existir una intención legítima de redistribuir recursos, focalizar beneficios, controlar abusos y gastar mejor; el problema aparece cuando, después de juntar todas esas explicaciones, queda una sensación bastante menos técnica: la redistribución puede cambiar de nombre, pero la cuenta siempre parece llegar a la misma mesa, las personas.
Con el kerosene paga quien todavía tiene frío; con los computadores, el estudiante comprenderá la reasignación; con las horas docentes, el profesor comprenderá la optimización; con los beneficios sociales, el ciudadano deberá demostrar que no es “vivo”. Todo perfectamente explicable, todo perfectamente razonable: las cifras están bien, el problema es usted.
Y mientras discutimos quién tiene la culpa, hemos construido una división todavía más absurda. Dos curicanos pueden levantarse con el mismo frío, pagar el mismo combustible, esquivar los mismos hoyos, transitar por la misma Circunvalación inconclusa, pasar junto a las mismas ciclovías sin terminar, mirar las mismas cortinas cerradas del comercio y esperar las mismas oportunidades laborales; pero uno votó por la izquierda y el otro por la derecha, así que, naturalmente, deben odiarse. Sobre todo, en Facebook. Nada fortalece más la democracia que dos personas con los mismos problemas insultándose para defender a personas que probablemente ni siquiera conocen.
Arriba funciona distinto. Quienes por televisión parecen separados por un abismo ideológico conversan, negocian, alcanzan acuerdos y perfectamente pueden terminar almorzando juntos, y está bien; el problema no es que ellos conversen, el problema es que nosotros hayamos dejado de hacerlo. Ellos discuten, nosotros peleamos; ellos negocian, nosotros bloqueamos al vecino. Al día siguiente ellos continúan con sus actividades, nosotros seguimos viviendo al lado del vecino y los problemas siguen ahí.
Curicó no necesita calles de izquierda ni ciclovías de derecha, tampoco empleos oficialistas ni comerciantes opositores; necesita calles transitables, ciclovías terminadas, una Circunvalación que algún día permita distinguir la obra del parche, trabajo, comercio y buenos profesores. Porque existen problemas que no tienen color político; tienen personas y que el contenido de la planilla sea acorde al día a día.
Y así volvemos al comienzo: octubre, Curicó, lluvia, frío y truenos. Desde Santiago nos explicaron que prácticamente nadie consume kerosene; después se corrigió la forma, pero se mantuvo el fondo: los datos son los datos. Y es cierto. El problema comienza cuando creemos que los datos son también las personas.
Todo puede caber en una planilla: el frío, el combustible, los computadores, las horas docentes, la gratuidad, las obras inconclusas y hasta la buena o mala fe. Lo difícil comienza cuando cerramos el computador y encontramos, al otro lado de la pantalla, a una persona.
Quizás sólo falte agregar una última celda, una que no sea izquierda ni derecha, Gobierno ni oposición: bien común.
Aunque, pensándolo bien, probablemente esa celda no tenga fórmula; y por eso nadie sabe dónde ponerla.
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