Mercedes Devia Quintanilla: La increíble historia de la única cantinera curicana en la Guerra del Pacífico
Participó en la Toma del Morro de Arica entre otras batallas. Desde Curicó viajó acompañando a su marido al combate, pero murió como tantos otros héroes y heroínas, en el olvido.
07 de Junio del 2026 · 08:00
La reconstrucción histórica de la participación de la mujer en la Guerra del Pacífico tropieza de manera sistemática con el silencio de los archivos oficiales. En un conflicto dominado por la retórica de los partes de guerra masculinos y el registro contable de las dotaciones de tropas, las mujeres que marcharon al frente —ya fuera en calidad de cantineras autorizadas o como acompañantes informales conocidas como camaradas o rabonas— quedaron relegadas a la periferia de la documentación administrativa.
El caso de Mercedes Devia Quintanilla es uno de los más emblemáticos en esta realidad y probablemente desconocido para la tierra que la vio nacer, Curicó.
Hija de don Pedro Devia y doña María Quintanilla. Su presencia en el conflicto debió rescatarse no de las listas de enganche ordinarias sino de los expedientes judiciales de pensiones de gracia y de las declaraciones notariales redactadas décadas después por los oficiales que atestiguaron su valor en combate. Para el historiador moderno, aproximarse a su vida exige descifrar estas fuentes indirectas y comprender el complejo entramado de subordinación, audacia y abandono estatal que caracterizó la existencia de las veteranas de 1879.
La trayectoria militar de Mercedes Devia (también identificada como Debia en algunos escritos) se originó en un acto de transgresión conyugal y patriótica. Su esposo, el soldado Casimiro González, formaba parte de las filas del Batallón Cívico Movilizado Bulnes. Este cuerpo de infantería, organizado originalmente a partir de la Guardia Municipal de Santiago en los viejos cuarteles policiales de San Isidro, se transformó rápidamente en una unidad de combate de primera línea destinada a reforzar las operaciones en el norte. Frente a la inminente partida del batallón y ante las directrices del alto mando militar que intentaban restringir o prohibir el traslado de mujeres desde la zona central del país hacia las inhóspitas provincias desérticas, Devia rehusó permanecer en la retaguardia doméstica.
Para evadir los rigurosos controles portuarios y las normativas de género impuestas por la Comandancia General de Armas, Mercedes Devia optó por un recurso extremo: el travestismo militar. En el año 1879, vestida con el uniforme azul de parada y el quepís de soldado de línea, logró abordar de incógnito el blindado Almirante Cochrane, buque insignia de la escuadra chilena. Esta maniobra de camuflaje no solo revela su determinación personal, sino también las urgencias de una movilización militar que, en sus fases iniciales, presentaba fisuras en el control de su personal subalterno. Bajo esta apariencia masculina, Devia marchó junto a su esposo en las filas del Batallón Bulnes, dispuesta a enfrentar las durezas de la campaña terrestre.
Entre los años 1879 y 1882, el despliegue militar de Mercedes Devia abarcó los episodios más cruentos del teatro de operaciones del norte y la posterior ocupación de la capital peruana. Su rol dentro del batallón se desdobló de manera constante.
Si bien el uso del uniforme militar le otorgaba la protección necesaria para permanecer en el frente como un combatiente más , desempeñó de manera paralela las extenuantes labores asistenciales propias de las cantineras. Estas valerosas mujeres debían tolerar la lluvia de proyectiles en el campo de batalla, asistiendo sanitariamente a los heridos, proveyéndoles de agua y consuelo espiritual, y ayudando a bien morir a aquellos cuya suerte estaba echada.
La ruta de Mercedes Devia coincide con los hitos fundamentales de las tres primeras fases del conflicto. Su bautismo de fuego ocurrió durante el desembarco y toma de Pisagua, una compleja operación anfibia que abrió las puertas de la provincia de Tarapacá. Posteriormente, se vio involucrada en la defensa de la posición de Dolores y en el avance hacia el departamento de Moquegua, participando en la toma de Los Ángeles. El avance de las tropas chilenas la llevó a las afueras de Tacna, combatiendo en la sangrienta batalla del Campo de la Alianza. Estuvo presente asimismo en el asalto al Morro de Arica y en la posterior campaña de Lima, donde se batió con singular denuedo en las líneas defensivas de Chorrillos y Miraflores. A lo largo de esta prolongada travesía, Devia logró preservar su integridad y consolidar el aprecio de sus compañeros de armas gracias a su incansable capacidad de trabajo y su valor en combate.
Al término del conflicto, la falta de un registro oficial de enrolamiento femenino obligó a Mercedes Devia a recurrir al testimonio escrito de sus antiguos superiores para validar su hoja de servicios ante el Estado chileno. Estas declaraciones juradas constituyen hoy los documentos históricos más valiosos para estudiar su biografía, revelando cómo la oficialidad del Batallón Bulnes no solo toleró, sino que valoró enormemente la presencia de esta mujer en sus filas.
Uno de los testimonios fundamentales pertenece a José María Lira, quien se desempeñaba como Sargento Mayor y segundo jefe del Batallón Bulnes durante la campaña:
"El que suscribe, ex Sargento Mayor del Batallón Bulnes certifica que Mercedes Devia hizo la campaña a Norte el año 79 hasta el 82, acompañada de su marido Casimiro González que fue soldado del mismo cuerpo. Esta señora se hizo recomendable por los buenos servicios que prestó en dicho cuerpo vistiendo el uniforme militar."
A este valioso documento se sumó la declaración detallada de José Domingo Lazo, capitán de la misma unidad militar, quien aportó precisiones operacionales sobre su audaz estrategia de ingreso y su periplo por las principales batallas de la guerra:
"...para ingresar al Ejército se fue vestida de soldado en el Blindado Cochrane, habiéndose encontrado en las acciones siguientes: Toma de Pisagua, Batalla de Dolores, Toma de los Ángeles, Batalla de Tacna, Chorrillos, Miraflores y en el Asalto de Arica".
Estas declaraciones juradas evidencian una paradoja institucional: el mismo ejército que prohibía formalmente la presencia de mujeres en los barcos de guerra y en los frentes de combate terminó certificando y ensalzando la conducta de una mujer que desafió tales normativas vistiendo de uniforme masculino para servir a la causa nacional.
El retorno a la vida civil tras la desmovilización del Batallón Bulnes en 1882 sumió a Mercedes Devia en una prolongada lucha por la subsistencia material. Establecida en Santiago junto a sus dos hijos, Juana Rosa y Roberto, la veterana debió enfrentar la indiferencia de un aparato estatal que priorizó el pago de pensiones a la oficialidad masculina y postergó indefinidamente las reclamaciones de las cantineras y soldaderas.
Sus reiteradas peticiones de auxilio y de pago de las gratificaciones adeudadas por sus años de servicio militar, presentadas formalmente al gobierno de la República en los años 1898 y 1906, fueron sistemáticamente desatendidas o archivadas bajo tecnicismos burócratas.
Fue recién en 1904 cuando las persistentes gestiones de Mercedes Devia y la presentación de las certificaciones notariales firmadas por los comandantes Lira y Lazo surtieron efecto. El Supremo Gobierno, tras comprobar mediante rigurosas indagaciones administrativas la veracidad de su patriótica historia, le otorgó una pequeña pensión de gracia equivalente a 180 pesos anuales. Esta modesta asignación mensual —insuficiente frente al encarecimiento del costo de la vida en el Santiago de principios de siglo— resultó del todo ineficaz para rescatar a la veterana de la indigencia.

La crudeza de sus condiciones de vida durante la vejez concitó ocasionalmente la atención de la prensa independiente de la época. El 7 de agosto de 1910, en el contexto de los fastos del Centenario de la República, el periódico santiaguino El Diario Ilustrado publicó una severa denuncia sobre el abandono de las heroínas de la Guerra del Pacífico, señalando explícitamente que la anciana Mercedes Devia:
"...arrastra su ancianidad menesterosa, para que, ya no la justicia oficial, por lo menos la caridad particular venga a endulzar en algo sus penurias".
Este retrato periodístico desnudó las profundas contradicciones de la sociedad chilena de la época, que mientras gastaba cuantiosos recursos públicos en celebrar las glorias militares de la nación, permitía que sus soldados más humildes sobrevivieran gracias a la mendicidad o a la beneficencia privada. De ahí la famosa frase que hasta hoy resuena como cruel testimonio de la idiosincrasia de la clase política, este es el verdadero “Pago de Chile”.
La vida de Mercedes Devia Quintanilla se apagó definitivamente en Santiago el 4 de agosto de 1913. Su fallecimiento, se produce en un contexto de absoluta estrechez económica, no mereció las pompas fúnebres ni los honores militares que el Estado solía reservar para los veteranos varones o para las contadas cantineras elevadas al rango de celebridades patrias. Incluso a diferencia de sus compañeras de armas Juana López e Irene Morales, cuyos cuerpos fueron conducidos con honores a tumbas institucionales y mausoleos costeados por colectas públicas, los restos mortales de la curicana Mercedes Devia fueron depositados en una fosa común del Cementerio General de Santiago, ni siquiera trasladados a su tierra.
Con el paso de las décadas, la ubicación exacta de su sepultura se extravió irremediablemente en los registros municipales de entierros comunes, borrando su rastro físico del mapa de la memoria nacional. Transformando el anonimato de su tumba en el último eslabón de un proceso de marginación institucional que buscó normalizar los roles de género en el Chile de la posguerra, devolviendo al silencio a aquellas mujeres que habían osado vestir el uniforme de soldado para batirse en el desierto.
Solo la persistencia de las firmas de sus comandantes en los legajos judiciales sobrevivientes es el testimonio imperecedero de su valor, asegurando para la curicana Mercedes Devia Quintanilla un sitial de honor, pero solo en la crónica subterránea y olvidada de la Guerra del Pacífico.
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