Curicó: la ciudad que dejamos de construir
11 OCT 2026 - 07:00El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de VLN Radio.
Abogado
El Teatro Victoria seguirá esperando, según da cuenta la información en medios de prensa, el municipio curicano ha señalado que El Ministerio de las Culturas informó que no hay recursos para adquirirlo y recuperarlo. Una noticia que, tratándose de Curicó, tiene poco de noticia y bastante de tradición. Porque si algo hemos aprendido durante los últimos dieciséis años es que nuestros edificios históricos poseen una virtud extraordinaria: la paciencia. Los presupuestos se agotan, los proyectos cambian, las autoridades pasan y las ruinas permanecen. Al menos alguien demuestra estabilidad.
El histórico teatro se ha convertido en un testigo inerte de la renovación urbanística que nunca termina de llegar. Y no deja de ser curioso que un edificio concebido para ofrecer espectáculos termine protagonizando uno de los más prolongados: el de su propia recuperación. Eso sí, sin público, sin funciones y, por supuesto, sin financiamiento.
Pero no está solo, Curicó cuenta con un verdadero circuito patrimonial de la espera.
La Escuela Balmaceda, monumento histórico y orgullo de generaciones, lleva años aguardando su reconstrucción. Primero volvería a ser escuela. Después vinieron los proyectos, los estudios, las licitaciones y las explicaciones. Ahora se plantea que eventualmente sea un museo. La idea no es mala. De hecho, podríamos inaugurar allí el Museo de las Promesas Incumplidas. Material para las exhibiciones, ciertamente, no faltaría.
Un poco más al Oriente, la iglesia San Francisco ofrece otra postal digna de nuestra particular evolución urbana. Antiguamente, puerta de entrada al Curicó socialmente acomodado. Hoy, su deteriorado entorno sirve de refugio a personas en situación de calle. La ironía es evidente: un inmueble histórico que espera recuperación y personas que esperan un techo donde albergarse. Dos abandonos compartiendo dirección, mientras seguimos demostrando nuestra extraordinaria capacidad para postergar soluciones.
Y qué decir de nuestra Plaza de Armas, aquella que orgullosamente proclamamos como la más linda de Chile. Un verdadero orgullo curicano, aunque con una particularidad que pocas ciudades pueden exhibir: una privilegiada vista hacia sus sitios eriazos. Basta mirar su ala norte, donde alguna vez estuvieron el Banco BCI, el tradicional Club de la Unión y el emblemático edificio del diario La Prensa. Hoy podemos admirar sus ausencias sin que ninguna construcción interrumpa el paisaje. Una combinación arquitectónica extraordinaria: jardines, árboles centenarios, monumentos y terrenos vacíos. Quizás debiéramos postular a un nuevo reconocimiento nacional: la plaza más linda de Chile, con el entorno urbano más despejado. Porque en Curicó no solo presumimos de nuestra historia; también hemos aprendido a exhibir orgullosamente los espacios que dejó.
Curicó ha logrado algo que pocas ciudades pueden exhibir con tanto entusiasmo: transformar buena parte de sus espacios vacíos en estacionamientos. Donde antes había edificios, comercio, reuniones y vida urbana, ahora podemos dejar el automóvil por una tarifa razonable. La reconstrucción quizás no avanzó como esperábamos, pero al menos desarrollamos una notable capacidad para cobrar por metro cuadrado de nostalgia.
Antes del terremoto de 2010 nos gustaba mirar a Talca con cierto aire de superioridad. Éramos más modernos, más dinámicos, más atractivos. Nos pavoneábamos con esa confianza tan propia del orgullo provinciano. Llegó el terremoto y ambas ciudades quedaron profundamente golpeadas. Dieciséis años después, Talca exhibe edificios públicos, inversiones inmobiliarias y numerosas construcciones en altura. Nosotros también tenemos un horizonte urbano característico: basta mirar por encima de los cierres perimetrales de nuestros sitios eriazos.
Por supuesto, no se trata de competir con Talca. Sería injusto. Ellos construyen edificios de varios pisos y nosotros hemos perfeccionado la arquitectura horizontal. Cada ciudad tiene su estilo. Unos levantan torres; otros levantamos barreras para impedir que alguien ingrese a los terrenos vacíos.
Y mientras contemplamos esta particular transformación, nuestro Plan Regulador continúa aportando su granito de arena. Un instrumento de 2011, remendado mediante sucesivas modificaciones, cuya actualización lleva años recorriendo oficinas, administraciones y procedimientos. Los alcaldes cambian, los concejales también, los expedientes circulan y los sitios eriazos permanecen. Si la burocracia generara desarrollo urbano, Curicó tendría más rascacielos que Manhattan.
Claro que un Plan Regulador no construye edificios. Pero ayuda a decidir dónde, cómo y bajo qué condiciones pueden construirse. Lo que resulta difícil de comprender es que una ciudad que necesita proyectarse hacia las próximas décadas continúe esperando la conclusión de un instrumento que parece avanzar al ritmo de una procesión, aunque con menos certezas sobre su destino.
Y ahora se suma el presupuesto. El Ministerio de las Culturas no dispone de recursos para adquirir el Teatro Victoria y el proyecto presupuestario de 2027 contempla nuevas restricciones para la inversión patrimonial. No podemos responsabilizar a los recortes actuales por dieciséis años de espera. Sería demasiado generoso con quienes administraron antes nuestras ilusiones. Pero tampoco deja de ser curioso que, cuando finalmente parece existir un proyecto, lo que desaparece sea el dinero. En Curicó tenemos una extraordinaria coordinación: cuando hay ideas faltan recursos; cuando hay recursos faltan proyectos; y cuando parecen coincidir ambos, siempre queda algún trámite pendiente.
Sería injusto cargar esta historia sobre una administración determinada. Han pasado alcaldes, gobiernos regionales, ministros y autoridades de todos los colores. Cada cual ha tenido su oportunidad de contemplar nuestras ruinas y anunciar mejores tiempos. El patrimonio, siempre respetuoso de los procesos democráticos, ha permanecido esperando a todos por igual.
Y tampoco pretendamos que todo se solucione levantando edificios de veinte pisos. Una ciudad necesita planificación, infraestructura, inversión y espacios públicos. Necesita recuperar su centro histórico sin convertirlo en una maqueta de lo que alguna vez fue. Necesita proteger su patrimonio sin que esa protección termine pareciéndose demasiado a una condena al deterioro.
Porque hay algo que comienza a resultar verdaderamente absurdo: seguimos hablando del terremoto de 2010 como si hubiese ocurrido la semana pasada. Dieciséis años son suficientes para que un niño se convierta en adolescente, para que cambien varios gobiernos y para que una ciudad pueda transformar profundamente su paisaje. En Curicó, en cambio, algunos terrenos han tenido tiempo de sobra para consolidar su vocación de estacionamiento.
El terremoto explica por qué desaparecieron nuestros edificios. Lo que todavía necesita una explicación convincente es por qué seguimos mirando tantos de sus espacios vacíos.
Quizás deberíamos dejar de preguntarnos cómo era Curicó antes del terremoto y comenzar a preguntarnos cómo queremos que sea antes del próximo.
Mientras tanto, el Teatro Victoria seguirá esperando. La Escuela Balmaceda también. La iglesia San Francisco continuará recordándonos que el deterioro patrimonial y las necesidades sociales pueden convivir a pocos metros. Y en el ala norte de nuestra Plaza de Armas seguiremos contemplando aquella curiosa postal curicana: la plaza más linda de Chile, rodeada de recuerdos que ahora tienen forma de sitios eriazos.
Pero no todo está perdido. Algún día tendremos nuestro nuevo Plan Regulador. Después de años de estudios, modificaciones, observaciones, trámites y administraciones de todos los colores, seguramente llegará el momento de celebrar su aprobación. Habrá discursos, fotografías y autoridades anunciando que Curicó finalmente cuenta con una herramienta para proyectarse hacia el futuro.
El único inconveniente es que, para entonces, probablemente ya estaremos necesitando actualizarlo nuevamente.
Porque en Curicó hasta el futuro corre el riesgo de quedar obsoleto antes de llegar.
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