Meritocracia a la chilena: cuando el mérito también necesita pituto
16 de Agosto del 2026 · 14:20El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de VLN Radio.
Abogado
En Chile nos encanta hablar de meritocracia.
Es casi una religión nacional.
Todo sobre Ley AntipitutosNos gusta repetir que quien estudia, trabaja, se esfuerza y hace bien las cosas termina llegando arriba. Que las oportunidades están ahí para quien quiera tomarlas. Que el apellido, el colegio, la universidad o los contactos son cuestiones secundarias frente al talento.
El problema es que basta mirar un poco más de cerca para descubrir que nuestra meritocracia tiene una curiosa característica: a veces parece funcionar mucho mejor para quienes ya estaban bien posicionados.
La reciente polémica por la designación de una abogada recién titulada para asumir funciones de coordinación vinculadas a la Reforma Procesal Civil abrió una discusión que, a mi juicio, estamos mirando por el lado equivocado.
No se trata de decir que una persona joven sea incapaz.
Tampoco de sostener que alguien deba esperar veinte años para tener una oportunidad.
Sería absurdo.
El problema es otro: ¿Cómo se llega a esas oportunidades?
Porque en Chile podemos aceptar perfectamente que alguien joven sea brillante.
Lo que resulta bastante más difícil de aceptar es que, cuando recibe una responsabilidad extraordinaria, nadie sea capaz de explicar convincentemente qué mérito específico hizo que esa persona fuera escogida entre todas las demás que podrían haberlo hecho. Y ahí comienza la verdadera discusión.
El curioso país donde el pituto se ofende cuando lo llaman pituto
Hay una forma particularmente elegante de nepotismo en Chile.
No siempre se llama pituto.
A veces se llama “confianza”.
O “contactos”.
O “trayectoria”.
O “referencias”.
O simplemente:
—Es que es muy buena.
Y probablemente lo sea.
Ese es justamente el problema.
Porque las redes de poder no necesitan seleccionar personas incompetentes.
Pueden seleccionar personas perfectamente capaces.
La diferencia está en que no todos los capaces tienen las mismas posibilidades de ser vistos.
Uno consigue una práctica porque un profesor lo recomienda.
La práctica le permite conocer a un abogado importante.
Ese abogado lo recomienda para otro trabajo.
Ese trabajo le permite entrar a determinado circuito profesional.
Después aparece una asesoría.
Luego un cargo.
Y 10 años después tenemos un currículum impresionante.
Entonces alguien pregunta:
—¿Por qué lo eligieron?
Y la respuesta parece impecable:
—Porque tiene una tremenda trayectoria.
Claro que la tiene.
Alguien tuvo que darle la primera oportunidad para comenzar a construirla.
El problema es quién llega a la línea de partida
Aquí está la trampa de nuestra meritocracia.
Nos encanta comparar los resultados.
Mucho menos nos gusta comparar las condiciones desde las cuales esos resultados fueron obtenidos.
Dos jóvenes pueden tener el mismo talento.
Uno puede haber estudiado en un colegio privilegiado, tener padres profesionales, manejarse naturalmente en determinados ambientes y conocer desde los veinte años cómo funciona el mundo profesional.
El otro puede ser el primero de su familia en llegar a la universidad.
Puede haber trabajado mientras estudiaba.
Puede haber pagado sus estudios.
Puede ser extraordinariamente bueno.
Pero probablemente tendrá que demostrar diez veces su capacidad para conseguir la mitad de las oportunidades.
Después miramos sus currículums y decimos:
—El primero tiene más experiencia.
Y nos quedamos muy tranquilos.
Como si la experiencia hubiera caído del cielo.
La experiencia también se reparte.
Y las oportunidades para construirla, mucho más.
La universidad tampoco es una varita mágica
En Chile todavía tenemos una fascinación casi religiosa por determinadas universidades.
Y no me malinterpreten: la formación importa.
Muchísimo.
Pero hay una diferencia entre decir que una universidad entrega una excelente formación y convertir su nombre en una especie de certificado de superioridad profesional.
Porque entonces el currículum comienza a funcionar como una contraseña.
Universidad correcta.
Colegio correcto.
Práctica correcta.
Estudio correcto.
Contacto correcto.
Y, finalmente, cargo correcto.
Después le ponemos una palabra muy bonita encima: mérito.
No todo mérito es falso.
Pero tampoco todo lo que llamamos mérito es independiente de las oportunidades que alguien tuvo para construirlo.
¿Y qué pasa con las regiones?
Aquí la discusión se pone todavía más incómoda.
Porque la meritocracia chilena no solamente tiene un problema social.
Tiene también un problema territorial.
Pensemos en Curicó.
Tenemos universidades e institutos que forman abogados, administradores públicos, contadores, trabajadores sociales, ingenieros y otros profesionales que podrían perfectamente desarrollar una carrera en el Estado.
Personas que conocen el territorio.
Que conocen sus problemas.
Que conocen sus barrios.
Que conocen la realidad rural.
Que conocen las organizaciones sociales.
Que conocen Curicó porque viven aquí, no porque vinieron a hacer una visita de terreno.Y, sin embargo, muchas veces seguimos mirando hacia Santiago cuando pensamos en dónde está el “talento”.
Ésa sí que es una curiosidad.
Formamos profesionales en las regiones y después les pedimos que se vayan de ellas para demostrar que son buenos.
Y cuando regresan, 10 años después, decimos:
—Ahora sí tiene experiencia.
¿Dónde la adquirió?
En Santiago.
Porque para muchas personas parece que el talento adquiere valor cuando cruza Angostura.
Curicó podría hacer exactamente lo contrario
Una administración municipal moderna debería mirar sus universidades no solamente como lugares donde se entregan títulos.
Debería verlas como reservas de talento público.
¿Por qué no construir verdaderos semilleros de funcionarios municipales?
¿Por qué no generar prácticas profesionales con proyectos concretos?
¿Por qué no identificar estudiantes destacados?
¿Por qué no abrir concursos transparentes?
¿Por qué no generar mecanismos para que un joven administrador público formado en Curicó pueda comenzar su carrera en Curicó?
No estoy diciendo que haya que contratar a alguien porque estudió aquí.
Eso sería otra estupidez.
Estoy diciendo algo bastante más sencillo:
que tenga la posibilidad real de competir.
Porque una cosa es perder un concurso.
Otra completamente distinta es descubrir que nunca se tuvo acceso al concurso real.
El mérito necesita testigos
Quizás éste sea el punto que más hemos olvidado.
El mérito individual puede existir.
Pero para transformarse en mérito público necesita ser demostrable y comparable.
Si una autoridad dice: “Elegí a esta persona porque es la mejor”,
La pregunta natural debería ser: ¿Cómo lo sabe?
¿Cuál era el perfil?
¿Cuáles eran los requisitos?
¿Cuántas personas podían postular?
¿Qué competencias se evaluaron?
¿Por qué esa persona y no otra?
No porque debamos sospechar de todo.
Precisamente al revés.
Porque queremos confiar.
La transparencia no existe solamente para descubrir al que hizo algo malo.
Existe también para que la persona que hizo algo bien pueda demostrarlo.
No necesitamos una sociedad sin élites
Éste es otro error.
Toda sociedad tendrá élites profesionales, académicas, empresariales, políticas y culturales.
Y eso no es necesariamente malo.
El problema comienza cuando las élites se vuelven impermeables.
Cuando el talento necesita pertenecer previamente al círculo para poder entrar al círculo.
Cuando el hijo de alguien importante tiene una oportunidad antes de que otro siquiera sepa que la oportunidad existía.
Cuando la universidad, el apellido o la red de contactos pesan más que la capacidad para hacer el trabajo.
Ahí dejamos de hablar de meritocracia.
Comenzamos a hablar de reproducción.
Y aquí vuelvo a la joven abogada
No sé si ella será una excelente coordinadora.
Tampoco sé si será una mala coordinadora.
Y, francamente, creo que deberíamos dejar que lo demuestre.
Pero precisamente por eso no entiendo por qué la discusión pública tiene que reducirse a su edad.
La edad no demuestra incapacidad.
Pero tampoco demuestra mérito.
Lo que demuestra mérito es la capacidad.
Y la capacidad se puede evaluar.
Por eso la pregunta no debería ser:
> “¿Cómo puede una recién titulada ocupar una responsabilidad así?”
La pregunta correcta es: ¿Qué vio la autoridad en ella que no vio en los demás?”
Si existe una respuesta sólida, bienvenida sea la oportunidad.
Si no existe, entonces tenemos derecho a preguntar.
Y preguntar no es envidia.
No es clasismo.
No es atacar a una joven.
Es exigir que la meritocracia que tanto defendemos tenga alguna evidencia detrás.
Porque la peor desigualdad no es que algunos lleguen más lejos
La peor desigualdad es que algunos ni siquiera sepan que la carrera comenzó.
Ese es el verdadero desafío de Chile.
Que el joven de Curicó pueda competir con el joven de Santiago.
Que el estudiante que fue primero en su familia en llegar a la universidad pueda competir con quien heredó una red completa de contactos.
Que una persona sin apellido conocido pueda llegar a un cargo importante porque demostró que era la mejor.
Y que una persona con apellido, universidad y contactos también pueda llegar, pero porque efectivamente era la mejor.
Eso sería meritocracia.
No una sociedad donde todos terminan en el mismo lugar.
Sino una sociedad donde nadie quede fuera de la competencia antes de demostrar lo que es capaz de hacer.
Porque quizás el gran problema de Chile no sea que existan personas privilegiadas.
El problema es que todavía no sabemos cuántos talentos extraordinarios hemos dejado pasar simplemente porque nunca estuvieron en la sala correcta, delante de la persona correcta, en el momento correcto.
Y eso, más que una injusticia individual, es una verdadera pérdida para el país.
Porque cuando un país no encuentra a sus mejores personas, no solamente las personas pierden una oportunidad.
El país pierde talento.
Y eso sí que no tiene nada de meritocrático.
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