En estos días en que se está retomando la actividad educativa en nuestro país, tenemos una nueva oportunidad para observar las brechas en la forma en la que formamos a niñas, niños y jóvenes.
Y
esta reflexión comienza con una definición: la cultura es aquello que
toleramos. Es decir, lo que aceptamos porque no queremos hacerlo notar, no nos
llama la atención, nos da “lata” corregirlo o, simplemente, pensamos con cierto
cinismo que “así es como se hacen las cosas en Chile”. Toleramos la
discriminación cuando aceptamos que se eduquen a niños y niñas en el marco de
las diferencias, cuando se agrede, acosa o violenta a alguien por su condición
de debilidad frente al poder de otro o por su orientación sexual. También
cuando las organizaciones discriminan en su contratación por género o el
mercado laboral determina oficios, profesiones o roles en base a esta misma
división. Ese es nuestro país, y lo hemos construido nosotros.
Ello
ha impactado el modelo pedagógico tradicional, desincentivando a las mujeres a
seguir carreras en las áreas de ciencias, matemáticas, ingeniería y tecnología
(STEM). Esto es porque aceptamos como sociedad prejuicios equivocados sobre la
distribución de capacidades. En definitiva, la educación superior tiene grandes
tareas pendientes; entre ellas, alimentar al sistema para derribar los
prejuicios desde los estudiantes y académicos. Si nos pusieran nota,
definitivamente, habríamos reprobado.
La
carrera académica de las mujeres, la flexibilidad de estudios para estudiantes,
la compatibilización de trabajo y familia, el acceso a los cargos directivos, y
las áreas de especialización, son algunos temas en los que -a corto plazo- hay
que avanzar.
A
diario escuchamos sobre el Chile del futuro, pero ¿estamos conscientes que para
ello debemos educar con igualdad? ¿Nos damos cuenta que es el único camino, más
aún cuando las aulas, ya sea en educación escolar o superior, son un reflejo
inequívoco de diversidad? Solo por citar un ejemplo, en Santo Tomás hoy casi el
70% de nuestra matrícula son mujeres y un 54% forman parte del cuerpo
académico. Tenemos decanas, directoras de escuela, de carrera y una reciente
asumida rectora. Y sabemos que debemos hacer más.
Dada
esta realidad, quiero hacer una invitación: ampliemos el desafío. Hablar de
género nos da la oportunidad única de abordar la inclusión para abrir las
puertas de todos los que se han sentido discriminados.
No
desaprovechemos la oportunidad de convertirnos en agentes de cambio estemos
donde estemos. Eduquemos deliberadamente para la igualdad y la no
discriminación. Intervengamos nuestras prácticas pedagógicas desde la educación
inicial. Si los camiones pueden ser juguetes de niñas y las muñecas de niños,
si los resultados en matemáticas de hombres y mujeres en sus primeros años de
enseñanza se mantienen a lo largo de la vida, si los padres se toman parte del
postnatal y se quedan en la casa criando a los hijos, si la convivencia en la
vida cotidiana, en las salas de clases y en cualquier espacio público y
privado, se hace con respeto, y si nuestras académicas pueden acceder a cargos
directivos, si esto sucede, sabremos que hemos educado por la igualdad.
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