El traspaso transparente y el “testigo” que nadie quiso soltar

08 de Marzo del 2026 · 07:00

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de VLN Radio.

El traspaso transparente y el “testigo” que nadie quiso soltar
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Durante los últimos días el país vio una escena que, aunque puede parecer una discusión política más, revela algo bastante más profundo. Lo que debía ser un proceso relativamente simple —el traspaso de mando entre un gobierno saliente y uno entrante— terminó convertido en una disputa pública sobre un cable chino, decretos, información y transparencia.

En teoría, un traspaso de mando funciona como un relevo en una carrera: el mérito no está en correr más rápido, sino en entregar el testigo sin tropiezos, sin espectáculo y sin excusas. Pero en Chile esta semana, el problema no fue precisamente la velocidad.

Fue la mano del Gobierno saliente la que no quiso soltar el testigo mientras repetía, una y otra vez, la palabra “transparencia”. Y cuando un gobierno necesita declararla con tanta insistencia, suele ser porque ya no le alcanza con ejercerla -bien es conocida es la frase de Voltaire “miente, miente, que algo queda”. Porque en un traspaso de mando, cuando falla la forma, lo que se resiente no es solo el protocolo. Es la confianza institucional que sostiene la continuidad del Estado.

Y finalmente lo que terminó discutiendo el país, y el Gobierno de Boric, fue sobre excusas y explicaciones simples for: que yo le dije, que él me dijo, que no me dijeron. Utilizando un espacio solemne y republicano, como una trinchera mediática, para instalar un discurso de transparencia que no se sustenta en lo hechos. Esto en democracias solidas simplemente no se discute, ya que no es tema

El caso del cable submarino chino —un decreto firmado, luego revertido y que incluso adquirió dimensión internacional— transformó un asunto administrativo en un problema político mayor y de Estado. Ya que el gobierno saliente sostuvo que hubieron llamados no contestados, que la información estaba disponible, que estaba todo en la plataforma digital de traspaso. Desde el equipo del presidente electo, en cambio, se planteó que no existía suficiente transparencia ni trazabilidad para confiar plenamente en el proceso.

Pero cuando un país termina discutiendo públicamente si algo fue o no informado durante una transición presidencial, el problema ya no es comunicacional. El problema es institucional.

Chile cuenta con herramientas de transición —plataformas digitales, instructivos y reuniones entre equipos ministeriales—, pero todavía no tiene un verdadero sistema institucional de traspaso que garantice continuidad verificable del Estado.

Un repositorio de documentos puede almacenar información, pero no asegura que la información crítica llegue bien en forma, ni que existan mecanismos claros para resolver controversias. Cuando esos mecanismos institucionales no existen, la transición queda expuesta al conflicto político. Y eso fue exactamente lo que ocurrió.

Además, durante estos años el país ha visto situaciones en las que las formas institucionales parecen quedar en segundo plano frente al estilo personal de conducción del Presidente Gabriel Boric. Por lo que no se trata de un hecho aislado, sino de un patrón que ha aparecido en distintos momentos de su gobierno. Incluso ahora, en lo que debía ser probablemente el último esfuerzo por cerrar el mandato con una señal clara de conducción institucional: el traspaso de mando. Y tampoco ocurrió.

A lo largo de estos años el país ha visto repetirse un estilo de conducción donde, cuando surge una incomodidad política, las formas institucionales pasan rápidamente a segundo plano.

Muchos sabíamos que ese estilo podía reaparecer. Y aun así persistía la expectativa —quizás optimista— de que, al menos en el momento más institucional de todo gobierno, el país vería una señal distinta. Pero nuevamente apareció el mismo patrón. Y en ese punto el problema deja de ser personal y vuelve a ser institucional.

Porque cuando el funcionamiento del Estado depende del estilo de quien ocupa momentáneamente la Presidencia, lo que queda en evidencia no es solo un liderazgo particular. Lo que queda en evidencia es que las instituciones todavía no son lo suficientemente robustas para ordenar el comportamiento de quienes ejercen el poder.

En democracias consolidadas de otros paises, las transiciones funcionan bajo reglas claras. Existen protocolos formales de entrega de información crítica, registros documentales obligatorios, equipos de transición institucionalizados y entidades administrativas encargadas de verificar que el proceso se cumpla correctamente.

Incluso en varios países existen reglas de caretaker, que limitan decisiones estratégicas, como “amarres”, convenios y contrataciones de última hora, de un gobierno saliente en los meses previos al cambio de mando. Cosas que hemos visto en los últimos meses.

Es. por eso que Chile, en cambio, todavía opera en una zona gris. Ha avanzado en herramientas de transición, pero aún no ha institucionalizado plenamente el proceso como una obligación del Gobierno Y la lección que deja este episodio no es simplemente política. Es institucional.

Pero también es razonable esperar que, en los días que quedan de este proceso, el Presidente Gabriel Boric conduzca el cierre de su mandato con la sobriedad que exige el cargo. Ya que sigue siendo el Jefe de Estado hasta el 11 de marzo y, por lo mismo, tiene la responsabilidad de asegurar que la transición ocurra con estabilidad y respeto por las formas republicanas.

Porque más allá de las diferencias políticas del momento, el país espera que el traspaso de mando sea un momento de continuidad institucional y no una nueva fuente de tensión pública. Dicho eso, incluso si el clima político logra encauzarse, la pregunta de fondo seguirá siendo la misma: ¿está Chile realmente preparado para enfrentar transiciones de poder bajo presión que generen estos conflictos?

Y lo que hemos visto es que hoy la respuesta parece depender demasiado del estilo o del temperamento de quienes ejercen el poder en cada momento. Y ese es, precisamente, el problema de fondo.

Chile va a tener que abordar esta discusión con mayor seriedad: cómo construir un régimen de transición del poder que establezca estándares claros de entrega de información, trazabilidad documental y mecanismos institucionales capaces de ordenar el proceso incluso cuando el clima político se tensiona.

Porque los países no se sostienen en la buena voluntad de quienes gobiernan. Se sostienen en instituciones capaces de ordenar el poder, incluso cuando el poder supera la voluntad de entregar el testigo para que la carretera termine de buena manera.

 

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