Nicolás Maduro: del legado de Chávez a su caída tras operación militar estadounidense
El análisis del ascenso y caída de Nicolás Maduro, marcado por excentricidades, apoyo cubano, crisis económica y una intervención militar de EE. UU. que puso fin a su mandato.
03 de Enero del 2026 · 23:42
Por Franco López
Nicolás Maduro, quien creía que su predecesor y mentor político, el fallecido Hugo Chávez, se le aparecía en forma de un pajarito y una mariposa, y que adelantar la Navidad dos meses por decreto presidencial ayudaría a “levantar el ánimo de los venezolanos”, vio su controvertido mandato de 12 años llegar a su fin. Sus decisiones y declaraciones, a menudo vistas como excéntricas y denominadas “maduradas” por muchos venezolanos y latinoamericanos, demostraron durante años ser un error para quienes lo subestimaban. Sin embargo, todo cambió en las primeras horas del viernes, cuando Maduro y su esposa fueron trasladados por soldados de Estados Unidos a un avión fuera de Venezuela.
El periodo de Maduro estuvo marcado por la pérdida de millones de habitantes, una contracción del 72% de su economía, la merma de su legitimidad democrática ante gran parte del mundo y la pérdida de aliados internacionales clave.
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El "hijo de Chávez"
Las burlas hacia Maduro precedieron a su asunción como presidente de Venezuela en 2013. En ese momento, era uno de los posibles sucesores de un Hugo Chávez aquejado por el cáncer, a pesar de haber ocupado los cargos de canciller y vicepresidente. Maduro contaba con un apoyo minoritario dentro del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), y su círculo, según informes, mantenía fuertes tensiones con los partidarios de Diosdado Cabello, entonces presidente de la Asamblea Nacional, por haber sido el elegido en un país sumido en la incertidumbre.
No obstante, a principios de diciembre de 2012, Chávez, abrumado por la enfermedad, puso fin a las disputas internas y designó inequívocamente a Maduro como líder del chavismo y de Venezuela. El “hijo de Chávez” inició así un gobierno que, año tras año, desafió las críticas a su sistema electoral, las protestas, las sanciones, las órdenes de arresto, las posibles rebeliones, el aislamiento internacional y las especulaciones sobre su futuro.
El propio Maduro ha expresado su desconocimiento sobre por qué Chávez lo eligió entre varios candidatos, afirmando que nunca aspiró a “ser presidente”. “Pero él me estaba preparando”, declaró poco después del fallecimiento de Chávez.
Hijo de un activista político de un partido tradicional venezolano, Maduro inició su preparación política desde joven. Como estudiante, se unió a la Liga Socialista y comenzó a trabajar como conductor de autobús en el Metro de Caracas.
Su activismo lo catapultó a la dirigencia sindical, desde donde dio el salto a la política. En este ámbito conoció a dos figuras determinantes en su vida: Cilia Flores y Hugo Chávez.
Flores, una joven abogada, fue una de las defensoras legales de Chávez tras el intento de golpe de Estado de 1992. Maduro y Flores visitaban a Chávez en la prisión de Yare, forjando un camino de amor, política y lealtad. Flores se convirtió en la pareja de Maduro y, posteriormente, en la primera mujer en presidir la Asamblea Nacional, siendo considerada por muchos como “el poder detrás del trono”, según Carmen Arteaga, doctora en Ciencia Política y profesora de la Universidad Simón Bolívar. Maduro, por su parte, se consolidó como el “hijo de Chávez”.
Los misterios del apoyo cubano
Tras la elección de Chávez como presidente en 1999, Maduro ingresó a la Asamblea Nacional. A medida que el mandatario acumulaba poder, Maduro ascendía en el Parlamento y luego en el Gobierno, siendo descrito como “un buen segundo, siempre obediente”, según Ronal Rodríguez, investigador del Observatorio de Venezuela de la Universidad del Rosario.
“Maduro siempre fue un líder subestimado. Había muchos posibles sucesores cuando Chávez enfermó. Pero ninguno logró lo que hizo él: por un lado, el apoyo cubano y, por otro, la distribución del poder dentro del chavismo”, señaló Rodríguez.
La relación de Maduro con Cuba, que se extiende por décadas, presenta diversas facetas y enigmas. Una biografía no autorizada sugiere que el actual presidente pudo haber recibido formación política revolucionaria en la isla durante su juventud, aunque ni él ni las biografías oficiales lo confirman. Sin embargo, Maduro forjó un vínculo crucial con los gobiernos de Fidel y Raúl Castro, y posteriormente con Miguel Díaz-Canel, que ha sido fundamental para la Venezuela actual. Exfuncionarios de la primera administración de Trump indicaron que este nexo fue decisivo para que Maduro pudiera anticipar y contener, a través de los servicios de seguridad cubanos, el alzamiento opositor de abril de 2019, entre otros eventos.
Maduro profundizó sus lazos con los Castro al asumir como canciller de Chávez en 2006, convirtiéndose en una “figura clave” en 2011, cuando el presidente viajó a Cuba para recibir tratamiento. Desde entonces, actuó como enlace principal en la gestión de la relación estratégica entre los Castro y el chavismo.
Esta relación fortaleció la posición de Maduro como sucesor de Chávez, quien poseía un carisma e influencia que sus posibles herederos no compartían. Asimismo, permitió consolidar una narrativa antiimperialista y antiestadounidense, perfeccionada por Fidel Castro y Hugo Chávez, y amplificada mediante alianzas geopolíticas con rivales de EE. UU.
El inicio de un ciclo que siempre vuelve
Maduro se aferró a esta narrativa desde el inicio de su primera administración. A pesar de recibir la bendición de Chávez, no obtuvo todos sus votos. En las elecciones presidenciales de abril de 2013, el candidato chavista superó al opositor Henrique Capriles por un estrecho margen del 1,59%, una diferencia significativamente menor que el 9,5% con el que Chávez venció a Capriles en octubre de 2012.
Capriles y la oposición, que ya sospechaban de la transparencia electoral del gobierno, se negaron a aceptar los resultados. Incluso dentro del chavismo, a través de Diosdado Cabello, se manifestó el descontento hacia Maduro y se hizo un llamado a la autocrítica.
Maduro respondió calificando la victoria como “legal, justa y constitucional” y celebró la continuidad del chavismo en el poder.
Sin embargo, este evento marcó el inicio del patrón que definiría al autoproclamado defensor de la “democracia popular y revolucionaria” durante su mandato: elecciones cuestionadas, protestas opositoras, denuncias de represión y persecución a la disidencia, y la distribución de beneficios dentro del chavismo para mantener el poder. Fuera de Venezuela, el “modelo Maduro” se apoyó en el respaldo y la experiencia de adversarios tradicionales de EE. UU.: China, Rusia e Irán.
Desde 2013, todas las elecciones nacionales estuvieron rodeadas de dudas y controversias entre la oposición venezolana, organismos internacionales e incluso gobiernos aliados. Esto incluyó la elección constituyente de 2017, las legislativas de 2020 y las presidenciales de 2018 y 2024. Las parlamentarias de 2015, ganadas por la oposición, fueron neutralizadas por el chavismo mediante maniobras políticas. Las elecciones fueron recurrentemente seguidas de impugnaciones, marchas opositoras y, según informes de Naciones Unidas, de represión y muertes.
Maduro defendió estos procesos como “transparentes” y su sistema electoral como “confiable”. Resistió y sorteó dificultades, incluso cuando muchos anticipaban su caída. Esto se evidenció en 2024, cuando ni siquiera Colombia y Brasil, gobernados por los presidentes de izquierda Gustavo Petro y Lula da Silva, reconocieron los resultados de las elecciones en las que Maduro supuestamente derrotó a la oposición liderada por Edmundo González Urrutia y María Corina Machado, logrando su segunda reelección.
El alto costo para los venezolanos
Para los venezolanos, el precio del método de supervivencia de Maduro se ha medido en vidas, exilio y pobreza. Desde 2017, varios organismos de la ONU y la Corte Penal Internacional (CPI) han documentado este costo, en ocasiones con la colaboración del propio Gobierno venezolano, en un intento por evitar una orden internacional de arresto contra Maduro por crímenes de lesa humanidad.
Los informes anuales han detallado un incremento en las violaciones de derechos humanos, “coordinadas de acuerdo con políticas de Estado y parte de un curso de conducta que es tanto generalizado como sistemático, constituyendo así crímenes de lesa humanidad”, según un informe de una misión de la ONU en 2020. La misión encontró “motivos razonables para creer que las autoridades y fuerzas de seguridad han planificado y ejecutado violaciones de derechos humanos a gran escala desde 2014”.
“La evidencia obtenida por la misión durante este ciclo de investigación confirma que el crimen de persecución por motivos políticos sigue cometiéndose en Venezuela, sin que ninguna autoridad nacional muestre voluntad de prevenir, investigar o sancionar las graves violaciones de derechos humanos que constituyen este crimen internacional”, concluyó Marta Valiñas, relatora del informe.
El uso excesivo de la fuerza, detenciones arbitrarias de manifestantes y líderes opositores, violencia sexual, torturas y ejecuciones extrajudiciales han sido documentados en los informes de la ONU como parte de las tácticas de Maduro para gestionar la disidencia.
En respuesta a cada acusación o investigación internacional, Maduro y su gobierno recurrieron a la narrativa antiimperialista. “Es muy preocupante que la alta comisionada ceda ante las presiones de actores antivenezolanos y emita declaraciones sesgadas y carentes de veracidad, presentando especulaciones ideologizadas como hechos”, respondió el Gobierno de Maduro en 2021 a Michelle Bachelet, entonces alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos. El enfrentamiento de Maduro con Bachelet, expresidenta socialista de Chile, fue una señal de que el gobierno venezolano comenzaba a perder el apoyo de la izquierda latinoamericana.
Mala gestión, economía de guerra, éxodo y sanciones
La narrativa de cruzada antiestadounidense también fue empleada por Maduro y su gobierno para justificar las severas cifras económicas de Venezuela.
Estas cifras, comparables a las de economías en guerra en otros países, exponen la débil gestión de Maduro, cuya administración solo logró que Venezuela volviera a crecer en 2021, ocho años después de asumir el poder. Actualmente, la economía venezolana representa el 28% de su valor en 2013, según el FMI.
Detrás de este colapso se encuentra la caída de la principal fuente de ingresos de Venezuela en los últimos 50 años: el petróleo. Afectada por disputas de poder, luchas internas dentro del chavismo y falta de inversión, PDVSA —la empresa estatal petrolera— se desplomó. La caída general de los precios del petróleo desde 2014 agravó la situación. Hoy, los ingresos por exportaciones petroleras constituyen apenas el 20% de los registrados en 2013, según datos de la OPEP+.
Maduro y su gobierno han culpado a las sanciones de Estados Unidos por el colapso económico. Sin embargo, las sanciones a PDVSA fueron impuestas por la administración Trump recién en 2019; hasta entonces, las medidas se dirigían a sancionar individualmente a Maduro y a sus funcionarios.
A diferencia de otros países, la mala gestión económica no mermó el control de Maduro sobre Venezuela, pero sí alteró la composición demográfica del país. Millones de venezolanos, abrumados por la represión y la pobreza —que en su punto más crítico afectó al 90% de la población—, optaron por emigrar en busca de un futuro. El éxodo venezolano, junto con el de Siria, se sitúa entre las mayores crisis de desplazamiento del mundo, con cerca de ocho millones de venezolanos residiendo actualmente en otros países.
La clave del ‘modelo Maduro’ de supervivencia
La Venezuela de Maduro se caracteriza por una sucesión de crisis que han forzado el exilio de sus ciudadanos, pero que, paradójicamente, han fortalecido al presidente, quien ha culpado a las sanciones por la migración masiva. “Maduro es más hábil de lo que la mayoría de la gente cree; siempre supo aprovechar las circunstancias y dar vuelta las crisis”, afirma Rodríguez.
Para lograrlo, Maduro comenzó, desde el inicio de su gobierno, a construir un equilibrio de poder en el que él se erigió como garante. En este esquema, las Fuerzas Armadas, un sector con el que Maduro tenía poca relación antes de ser ungido por Chávez, fueron esenciales desde el principio.
“Alguien me lo explicó así: con Chávez, los militares sentían que tenían que agradecerle el protagonismo que tenían. Con Maduro, es al revés. Él tiene que agradecerles a los militares y darles concesiones como cargos o sectores económicos completos para que lo toleren. Convirtió a Venezuela en una confederación en la que él es el gerente”, explicó a CNN Javier Corrales, académico de Amherst College.
También fueron cruciales en este reparto de poder —que Corrales compara con el modelo impuesto por los Castro en Cuba— los dirigentes chavistas más antiguos, como Diosdado Cabello, el expresidente de PDVSA Rafael Ramírez, o el exvicepresidente Tareck El Aissami, entre otros.
Sin embargo, como en todo régimen de poder cerrado, algunos sucumbieron ante acusaciones de corrupción, se exiliaron o terminaron en prisión. Muchos otros continuaron y hoy forman parte no solo del equilibrio de poder y de la gestión económica, sino también de investigaciones judiciales internacionales por presuntos crímenes de lesa humanidad.
Maduro repartió poder, dinero y responsabilidades, garantizando así su supervivencia.
En la “confederación” de actores que dominan la Venezuela de Maduro, los grupos paramilitares, conocidos como “colectivos”, juegan un papel central. Según la ONU, estos grupos participaron en la represión a la oposición durante los periodos de mayor agitación social. “Son un sector altamente armado. Son los sheriffs del régimen. Y tienen mucho que perder si el Gobierno cae”, señaló Corrales.
La intensa relación con Estados Unidos
Exfuncionarios de las administraciones de Trump y Biden coinciden con la evaluación de Corrales. La gran cantidad de actores legales e ilegales involucrados en el gobierno de Maduro, y la multiplicidad de intereses en juego, sugieren que una salida repentina del presidente podría desencadenar un caos y un drama aún mayor que el que ha asolado a Venezuela durante años.
Casi trece años después de que Chávez lo proclamara su sucesor, la segunda administración de Trump pareció decidida a poner fin a su mandato. La política de Estados Unidos para debilitar a Maduro fue tan intensa como la retórica antiestadounidense del líder venezolano.
La presión de EE. UU. se extendió a lo largo de varias administraciones e incluyó sanciones económicas, órdenes de arresto de alto perfil, detención de familiares por presuntos vínculos con el narcotráfico, arresto y liberación del supuesto “testaferro”, concesión y cancelación de licencias petroleras, diálogos directos y conversaciones secretas, e incluso un plan para permitir elecciones libres, justas y transparentes que culminaron, en 2024, en unos comicios donde la oposición liderada por Machado sorprendió al mundo.
Durante años, ninguna de estas medidas surtió efecto. Maduro demostró ser un experto en dilatar y retrasar las negociaciones.
Finalmente, fue una intervención militar de Estados Unidos la que rompió el control de Maduro sobre el poder.
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